Hablar de Barcelona sin hablar de la baldosa hidráulica es como hablar de Gaudí sin mencionar las formas imposibles. No se puede.
En los pisos modernistas, en el comedor de los abuelos o bajo un sofá que esconde un jardín secreto. Baldosas que parecen alfombras, mosaicos que te dejan con la boca abierta, escenas mitológicas, flores que nunca se marchitan… Pura magia. Los grandes maestros del modernismo lo sabían. Gaudí, Domènech i Montaner, Alexandre de Riquer, Josep Pascó… no solo las usaban, las diseñaban. Para ellos, una baldosa era una obra de arte que se extendía por el suelo. Y era tan importante como las paredes o los techos.
Durante el boom del modernismo, Barcelona era un hervidero de talleres y fábricas donde artistas y artesanos trabajaban codo con codo. El mosaico hidráulico era el rey del pavimento: económico, resistente, bonito y sin necesidad de horno. Servía tanto para las casas más sencillas como para los palacios de la burguesía. Sí, como lo oyes: era el suelo de los más ricos y de las clases más humildes a la vez. Y si quieres ver auténticos espectáculos, entra en edificios como la Casa Lleó i Morera, el Institut Pere Mata o La Pedrera. ¡Allí el suelo no se pisa, se contempla!
Pero como todo en este mundo, con el tiempo llegaron nuevos gustos y el mosaico quedó olvidado y desterrado. Sustituido por materiales más rápidos, más baratos y, seamos sinceros, mucho más aburridos. Hoy todavía pueden verse auténticas maravillas saliendo en sacos de escombros de personas que, en muchos casos, no saben lo que están tirando. Obras de arte, desechadas sin mirar.